Me encanta Japón y me encantan los japoneses (y las japonesas). Pero nunca todo puede ser perfecto, y, hablando en jerga de mi ámbito, podríamos decir que tienen un grave déficit de comunicación externa. Pero lo comento más adelante.

¿Cómo se comunican los japoneses en términos generales? Pues diríamos que son muy silenciosos, y que cuando hablan lo hacen de manera muy suave y con una dulce musicalidad que al final se te acaba enganchando. Desde que estamos aquí no hemos oído ni una discusión, ni un claxon de coche, ni un grito, si no es un un contexto juvenil y festivo y en lugares y momentos muy concretos.

En el metro suelen dormir (como veis, en cualquier postura), leer o trastear el teléfono. Está rigurosamente prohibido que los suene el móvil mientras viajan, por lo que siempre lo llevan en silencio.

 

 

En la calle tampoco se les oye hablar demasiado, exceptuando las áreas más comerciales y gamberras, donde jovencitas vestidas al estilo manga intentan atraer al público a gritos. La de la foto está cantando en un balcón para que entren clientes en el bar donde trabaja. Allí, grupitos de adolescentes como ella cantan y juegan con los consumidores de una forma muy boba y ridícula, a mí que me perdonen.

Tienen detalles que impresionan. Por ejemplo, no hay rincón público Tokyo donde no te encuentres pintada al suelo la banda amarilla de textura rugosa que parece indicar todos los caminos posibles. Pues tardamos tres días en descubrir que son señalizaciones para los invidentes. Todos los semáforos también indican acústicamente con un sonido de pájaros cuando es el momento de cruzar.

Esta línea amarilla no está sólo en Tokyo, si no en todo Japón, en la calle, en las estaciones de metro, tren y autobús, en los aeropuertos y en los edificios públicos. Incluso hacen campañas en televisión para que la gente se conciencie de su utilidad y no las invada.

¿Y las relaciones personales con ellos? Complicadas, muy complicadas. Aunque es su deseo atenderte en todo momento, rechazan la conversación esporádica con extranjeros por su miedo a no ser capaces de mantener un mínimo diálogo en inglés. En Tokyo no te mira prácticamente nadie, ya están muy acostumbrados a ver turistas. Como mucho, si te descubren mirando a los ojos, sonríen y te saludan haciendo el típico movimiento de cabeza, como agradeciendo que te hayas fijado en ellos. Fuera de Tokyo es otra cosa; notas que despiertas curiosidad porque más de una vez pillas a alguien mirándote, riendo avergonzados y susurrando con el acompañante. Un día, en Kamakura, tal fue el descojone de una chica y su madre, que no les quedó más remedio que preguntar de dónde éramos, aunque fuera para disimular.

Finalmente terminamos haciéndonos fotografías con Naoko. La diferencia estriba en que había estudiado durante dos años en Burdeos y hablaba francés y un poco de inglés. Para que os hagáis una idea de cómo son, sólo os digo que de buenas a primeras le regaló a Juana un típico amuleto japonés, el del gato con la mano levantada (os pensabais que era chino, ¿verdad? ¡Pues no!)

Y para terminar, voy a lo que os decía al principio: el ínfimo dominio del inglés de los nipones. Se entiende que la gente común no lo hable, pero lo que es imperdonable es que las personas que trabajan de cara al público no sepan o que su nivel no dé para mantener una sencilla conversación. Y estoy hablando de recepcionistas y empleados de hotel, dependientes de grandes tiendas en zonas muy turísticas, personal del transporte público o camareros en los restaurantes del centro de Tokyo. Contrasta el hecho de que sean tan atentos y serviciales con que se agobien, vacilen e incluso los tiemblen las manos cuando te diriges a ellos.

Típica imagen del conocido cruce de Shibuya, tomada desde la cafetería Starbucks de la esquina. Se calcula que diariamente pasa alrededor del millón de personas, y todos cruzan simultáneamente porque todos los semáforos se sincronizan en verde en la vez. Y caminan en orden y en un silencio sólo roto por la música mezclada que emiten al mismo tiempo diferentes pantallas gigantes. Es el ying y el yang en uno solo. Es Japón.

Poco más hemos podido apreciar aún de la comunicación interpersonal en este fascinante país. Esperamos, en los días que nos quedan (escribo en el tren que nos lleva a Osaka) descubrir muchas más. Xavi y Mariano, ¿qué os parece si hacemos un mailing ofreciendo un curso de comunicación de portavoces en inglés? Todavía ganaríamos la primera pela …